Ciclo presidencial en bolsa: el patrón que se repite en año de midterms
En noviembre de 2026 Estados Unidos vuelve a votar, esta vez para renovar el Congreso. No es la primera vez que un año de elecciones legislativas coincide con una bolsa que va renqueando durante buena parte del año para luego arrancar justo antes o justo después de la votación. Lleva pasando, con variaciones, desde hace más de medio siglo, y tiene un nombre: el ciclo presidencial de cuatro años.
Este artículo no trata sobre si Donald Trump está o no está empujando al mercado antes de unas elecciones. Trata de algo más incómodo y más útil: cualquier gobierno, gane quien gane, tiene motivos estructurales para evitar una recesión o una subida de tipos justo antes de que le voten. Eso se puede medir, se puede fechar y, sobre todo, se puede comprobar cuándo ha fallado. Las midterms de 2026 son el ejemplo de hoy. El patrón, si existe de verdad, tiene que servir igual en 2018, en 2030 y en 2034.
Qué es el ciclo presidencial de cuatro años en bolsa
La idea la puso por escrito Yale Hirsch en 1967, en el primer número del Stock Trader's Almanac: la bolsa estadounidense se comporta de forma distinta según el año del mandato presidencial en el que estés. No es una ley económica ni una fórmula matemática, es una observación estadística sobre casi un siglo de datos, y como toda observación estadística admite excepciones.
El mandato se divide en cuatro años con personalidad propia: el año 1 (recién llegado el nuevo gobierno, sin presión electoral inmediata), el año 2 (el año de midterms, con toda la Cámara de Representantes y un tercio del Senado en juego), el año 3 (preelectoral, sin ninguna votación nacional por delante) y el año 4 (el de la reelección o el relevo presidencial). La teoría dice que el año 2 suele ser el más flojo de los cuatro y el año 3 el más fuerte, con bastante margen sobre los otros dos.
Los cuatro años del mandato, con los números en la mano
Yardeni Research mantiene el seguimiento más largo de esta serie, apoyado en los datos originales del Stock Trader's Almanac. Cruzando su seguimiento con el de otras casas que han repetido el ejercicio con ventanas de datos algo distintas, el patrón que aparece una y otra vez es este:
El patrón completo importa menos que su tramo central, que es el que de verdad se puede explicar con mecanismos concretos y el que trae el caso de estudio de este artículo: el año de midterms y los doce meses que le siguen.
Por qué el año de midterms es, casi siempre, el más flojo
Aquí conviene ser preciso, porque tres casas de análisis dan tres números que a primera vista no cuadran, y la razón es que están midiendo cosas distintas.
LPL Financial, con datos desde 1954, calcula un rendimiento medio del 4,6% en el año de midterms, el más bajo de los cuatro y con la mayor volatilidad realizada del ciclo. Fidelity, con datos desde 1950, sitúa esa media en torno al 5% y añade que es también el año con peores probabilidades de cierre en positivo. Carson Group, en cambio, habla de una caída media intra-año (la mayor distancia entre el pico y el valle del año, no el resultado del 31 de diciembre) del 17,1% en los años de midterms desde 1950.
Las tres cifras son compatibles entre sí. Un año puede cerrar con una subida moderada del 4-5% y haber pasado por el camino una caída de casi el 20% desde su máximo: es justo lo que describe el propio Fidelity al señalar que en 2026 el S&P 500 llegó a caer un 9% desde marzo (por debajo, de hecho, del 19% de caída media que la firma calcula para los años de midterms desde 1961) antes de recuperarse y acumular en torno a un 14% a mediados de agosto. El año de midterms no es necesariamente un año en rojo: es un año movido, con sustos por el camino que se comen buena parte del ánimo del inversor mucho antes de que llegue noviembre.
Los doce meses después de las midterms: el tramo más fiable del ciclo
Si el año de midterms es el más flojo, lo que viene justo después es, con diferencia, lo más consistente de todo el ciclo de cuatro años.
Según LPL Financial, el S&P 500 ha subido en los 18 periodos de doce meses posteriores a una elección de midterms desde 1954, con una media del 18,2%. Según Fidelity, contando desde 1938, el mercado cerró en positivo en el 95% de esos periodos de doce meses, con una media del 14%. Carson Group, mirando el año natural completo que sigue a la elección desde 1950, calcula una media del 14,1%, prácticamente el doble que la de cualquier otro año del ciclo.
El estratega jefe de renta variable de LPL Financial, Jeff Buchbinder, resume el mecanismo más citado para explicar esto: la incertidumbre sobre el resultado electoral pesa sobre el mercado mientras dura la campaña y se disuelve en cuanto hay un resultado, sea cual sea, porque el inversor vuelve a poder centrarse en lo de siempre (crecimiento, beneficios, política monetaria) sin la variable añadida de no saber qué Congreso habrá dentro de unas semanas.
El primer motor: por qué cualquier gobierno gasta más antes de una cita electoral
La resolución de la incertidumbre explica parte del patrón, pero no toda. Hay un segundo motor, más terrenal: los gobiernos, sean del signo que sean, tienen un incentivo casi automático a evitar el dolor económico visible en los meses previos a una votación.
Eso se traduce, históricamente, en gasto público que se adelanta o se anuncia justo antes de la cita electoral, en rebajas de impuestos que entran en vigor a tiempo de notarse en la nómina, y en un discurso económico que insiste en lo que va bien y minimiza lo que va mal. Ninguna de estas tres cosas es ilegal ni es un secreto: es, sencillamente, cómo se comporta un actor racional que sabe que va a ser juzgado en una fecha concreta. El resultado agregado de miles de decisiones de gasto tomadas con esa fecha en mente es, precisamente, el tipo de impulso que suele notarse en la economía (y en la bolsa) en los meses que rodean una votación.
El segundo motor: la Reserva Federal y la tentación de allanar el año electoral
El segundo motor es más delicado porque toca a una institución que, por diseño, se supone independiente del calendario electoral: la Reserva Federal.
El caso histórico más documentado no es de esta década. En 1971 y 1972, el presidente Richard Nixon presionó de forma directa al entonces presidente de la Fed, Arthur Burns, para que mantuviera una política monetaria laxa de cara a la elección de 1972. Burns cedió: el dinero barato ayudó a la economía a verse bien justo antes de la votación, y buena parte de la inflación de los años siguientes se atribuye, con el tiempo y los datos en la mano, a esa decisión. El episodio está documentado en trabajos académicos como "Lying Low During Elections", de Allan Drazen, y sigue citándose como el ejemplo de manual de lo que puede pasar cuando la política monetaria deja de ser ajena al calendario político.
La investigación académica más reciente sobre este fenómeno no encuentra, en general, que la Fed fabrique ciclos económicos a medida de cada elección: lo habitual es que sus decisiones sigan respondiendo a los datos. Lo que sí documenta esa misma investigación es que la propia Fed no es indiferente a la lectura política de sus decisiones en año electoral, precisamente porque cuidar su independencia percibida forma parte de su trabajo. La Administración Trump ha sido pública y explícita presionando a la Fed para que baje tipos más deprisa, lo que ha hecho recientemente que parte de esa presión se refleje incluso en las expectativas de mercado sobre la política monetaria. Pero conviene no perder de vista el marco: la tentación de que un gobierno quiera una política monetaria más cómoda antes de una elección no nace con esta Administración ni depende de qué partido gobierne. Es estructural, lleva más de cincuenta años documentada y previsiblemente seguirá ahí después de 2026.
El caso de estudio actual: la deuda de Estados Unidos en 2026
Con los dos motores ya sobre la mesa (gasto pre-electoral y presión sobre la Fed), toca mirar las cifras concretas de este ciclo, que son las que hacen que la conversación sobre midterms de 2026 sea distinta a la de hace veinte años: el punto de partida fiscal es mucho más ajustado.
Según los datos del Departamento del Tesoro de Estados Unidos (Debt to the Penny), la deuda pública total superaba los 40,1 billones de dólares a principios de septiembre de 2026, de los cuales unos 32,4 billones están en manos de inversores particulares, fondos y gobiernos extranjeros (el resto es deuda que una parte del Estado le debe a otra, como la Seguridad Social).
La Oficina de Presupuesto del Congreso (CBO), en su informe de febrero de 2026 sobre el presupuesto y la economía hasta 2036, calcula que el déficit del año fiscal 2026 rondará los 1,9 billones de dólares, un 5,8% del PIB. La misma oficina proyecta que el gasto en intereses de esa deuda alcanzará el billón de dólares en 2026 (un 3,3% del PIB) y que subirá hasta los 2,1 billones en 2036, un ritmo de crecimiento superior al de cualquier otra partida grande del presupuesto federal. La deuda en manos del público, según ese mismo informe, pasaría del 101% del PIB en 2026 al 120% en 2036, un nivel superior a cualquier otro momento de la historia del país.
Esta cifra no es un detalle de contabilidad. Es el contexto exacto en el que se activan los dos motores anteriores: cuanto más grande es la factura de intereses, más tienta a cualquier gobierno que los tipos bajen antes de que le toque pedir cuentas a los votantes, y más caro le sale a ese mismo gobierno cada punto porcentual que el mercado le exige de más.
Los tipos de interés ahora mismo, y hacia dónde apuntan
La Reserva Federal subió su tipo de referencia hasta un máximo del 5,25%-5,50% en 2023 para frenar la inflación, y desde entonces lo ha ido bajando por etapas: primero en el tramo final de 2024, después de forma escalonada a lo largo de 2025, hasta situarlo en el 3,50%-3,75% actual. Según los datos de la Reserva Federal de San Luis (FRED), el tipo efectivo llevaba estable en torno al 3,63% desde abril hasta agosto de 2026, y las probabilidades que recoge el mercado de futuros (el CME FedWatch) apuntaban, a finales de agosto, a que la reunión del 16 de septiembre de 2026 terminara sin cambios, con algo más de un 58% de probabilidad de mantenerlo así.
Mientras tanto, en el tramo largo de la curva, el bono a 10 años cerró el 2 de septiembre de 2026 en un 4,79%, cerca de sus niveles más altos desde octubre de 2023 (este mismo blog ya explicó qué es el bono a 10 años y por qué marca el precio de casi todo lo demás cuando cerró en el 4,717% a finales de julio). El bono a 2 años, más sensible a lo que se espera que haga la Fed en el corto plazo, cotizaba en el 4,39% ese mismo día. La diferencia entre los dos, unos 40 puntos básicos a favor del bono largo, significa que la curva de tipos no está invertida: lo normal, prestar a diez años renta algo más que prestar a dos, ha vuelto.
El contrapeso que puede romper la tesis: la dominancia fiscal
Y aquí llega la parte que toda tesis alcista de este blog necesita: el motivo por el que nada de lo anterior es automático.
La Fed controla directamente el tipo a corto plazo. No controla, ni de lejos con la misma precisión, el tipo a largo plazo, que depende de cuánta deuda tiene que colocar el Tesoro y de cuántos compradores dispuestos a absorberla a un precio razonable hay en el mercado. Cuando la Fed baja tipos y el bono a 10 años no la sigue, o incluso sube, se habla de dominancia fiscal: la señal de que el mercado está cobrando una prima extra por financiar una deuda cada vez mayor, con independencia de lo que haga el banco central.
Esto ya ocurrió, de forma documentada, entre septiembre y diciembre de 2024. La Fed bajó su tipo de referencia 100 puntos básicos en ese periodo. El bono a 10 años, en sentido exactamente contrario, subió también unos 100 puntos básicos, según el análisis de Wolf Street sobre los datos del Tesoro. Fue la primera vez, comparando con las bajadas de tipos anteriores desde los años 80, en que el bono a 10 años no acompañaba a la baja a la Fed en los cien días posteriores al primer recorte. El Committee for a Responsible Federal Budget documentó el mismo episodio señalando dos causas que se retroalimentan: el mercado había llegado a descontar más recortes de los que finalmente se produjeron, y la propia trayectoria de la deuda (más de 22 billones de dólares de aumento proyectado en la década siguiente, según sus propios cálculos de entonces) empezaba a exigir un tipo más alto para atraer compradores suficientes.
Ese último punto tiene, además, un cambio estructural detrás. Según el Council on Foreign Relations, los inversores extranjeros (que durante años absorbieron una parte enorme de la deuda estadounidense de forma casi insensible al precio, sobre todo bancos centrales) han pasado de tener más de la mitad de los bonos del Tesoro en circulación en torno a la crisis financiera de 2008 a rondar el 40% a mediados de 2025. El hueco lo tienen que cubrir cada vez más compradores privados (fondos, aseguradoras, hogares) que sí exigen un precio por el riesgo que asumen. Menos compradores insensibles al precio, más peso de los que sí negocian, significa que colocar la misma cantidad de deuda exige, en igualdad de condiciones, un tipo algo más alto.
Cuando el patrón falla: 2018 y el recordatorio de que no es una ley física
Conviene contar también la vez en que todo esto no se cumplió, porque un patrón que solo se enseña cuando acierta deja de ser información y pasa a ser propaganda.
2018 fue año de midterms bajo la primera Administración Trump. Durante los primeros nueve meses el S&P 500 subió cerca de un 9%, siguiendo el guion habitual. En octubre, y sobre todo en diciembre, se torció: la escalada de la guerra comercial con China se sumó al temor a que la Fed siguiera subiendo tipos más de lo que el mercado podía digerir, y el índice perdió más del 9% solo en diciembre (el peor diciembre desde 1931), cerrando el año completo con una caída del 6,2%. Fue, además, uno de los pocos años de midterms en los que el rebote esperado hacia noviembre no llegó a tiempo: el suelo del mercado no se formó antes de la votación, como marca la pauta habitual, sino después, ya en las últimas semanas de diciembre.
La lección de 2018 no es que el patrón sea falso. Es que un patrón estadístico describe lo que suele pasar, no lo que tiene que pasar, y que hace falta muy poco (una guerra comercial que se acelera en el peor momento, un banco central que no lee bien el ambiente) para que un año de midterms termine siendo el más flojo de verdad, y no solo el más flojo de media.
Qué hacer con todo esto
Lo primero, lo que no hay que hacer: nada de este artículo es una señal para vender antes de noviembre ni para comprar apostando a un rebote concreto. Nadie sabe si 2026 se va a parecer más a los 18 periodos de doce meses que subieron después de unas midterms o al año 2018, que no lo hizo. Quien te diga hoy con seguridad cuál de los dos va a ser tiene el mismo problema que quien predice el día exacto en que se deshace de golpe un carry trade masivo: está adivinando con más aplomo que tú.
Lo que sí es razonable hacer es lo de siempre, y por eso este patrón encaja mal con quien intenta cronometrar el mercado y bien con quien no lo intenta. Salir de la bolsa en un año de midterms por miedo a la volatilidad histórica te expone a perderte, precisamente, los doce meses con mejor historial de todo el ciclo de cuatro años. Aportar con constancia, sin intentar acertar el momento, sigue siendo lo que mejor predice el resultado a diez años, tanto si el patrón se cumple esta vez como si no. Y si tu cartera está muy concentrada en un puñado de compañías de crecimiento (que suelen ser las más sensibles a los movimientos de tipos, como se ve al leer los resultados trimestrales de las grandes tecnológicas), conviene saberlo antes de que el mercado decida por ti si la dominancia fiscal del apartado anterior se convierte en algo más que una posibilidad teórica.
El ciclo presidencial no es un oráculo, es una estadística con un mecanismo detrás que se puede explicar sin recurrir a ninguna teoría de la conspiración: los gobiernos, todos, prefieren llegar bien a una elección, y eso deja huella en el gasto público y en la tentación sobre la política monetaria. Lo nuevo de esta vez, y lo que de verdad merece atención en 2026, no es que haya elecciones. Es que el margen fiscal para repetir la jugada de siempre es más estrecho que en cualquier ciclo anterior, y eso es algo que se puede seguir con datos reales, trimestre a trimestre, sin necesidad de adivinar nada.
Fuentes: patrón de estacionalidad del ciclo presidencial y cifras por año de mandato, LPL Financial (resumen de Jeff Buchbinder recogido por Yahoo Finance), Fidelity y Carson Group, con el origen de la teoría en el Stock Trader's Almanac de Yale Hirsch (1967) y el seguimiento de series de Yardeni Research. Deuda pública total y en manos del público, Debt to the Penny, Departamento del Tesoro de EE. UU. Déficit, gasto en intereses y trayectoria de la deuda hasta 2036, Congressional Budget Office, "The Budget and Economic Outlook: 2026 to 2036" (febrero de 2026). Tipos de interés (bono a 10 años, bono a 2 años, diferencial de la curva y tipo efectivo de la Fed), FRED, Reserva Federal de San Luis, series DGS10, DGS2, T10Y2Y y FEDFUNDS, consultadas a principios de septiembre de 2026. Episodio de dominancia fiscal de 2024 (bajada de la Fed de 100 puntos básicos con subida simultánea del bono a 10 años), Wolf Street y Committee for a Responsible Federal Budget. Cambio en la composición de compradores de deuda estadounidense, Council on Foreign Relations. Presión histórica sobre la Reserva Federal (caso Nixon-Burns, 1971-72), "Lying Low During Elections" (Allan Drazen). Contraejemplo de 2018, recogido por Benzinga sobre datos del S&P 500. Análisis y opinión propios; esto no es una recomendación de inversión personalizada.
Preguntas frecuentes
¿Qué es el ciclo presidencial de cuatro años en la bolsa estadounidense?
Es el patrón, documentado desde el Stock Trader's Almanac de 1967, según el cual la bolsa de Estados Unidos se comporta de forma distinta en cada año de un mandato presidencial: floja en el año 1, más floja todavía en el año 2 (el de las elecciones de mitad de mandato o midterms), muy fuerte en el año 3 (preelectoral) y positiva pero más moderada en el año 4 (electoral). Es una observación estadística sobre casi un siglo de datos, no una ley económica que se cumpla siempre.
¿Por qué el año de las elecciones de mitad de mandato (midterms) suele ser flojo en bolsa?
Por dos motivos que se combinan. Primero, la incertidumbre sobre qué Congreso saldrá elegido pesa sobre el mercado durante toda la campaña. Segundo, suele ser un año con caídas intra-año más pronunciadas que la media (en torno al 17-19% de máximo a mínimo, según Carson Group y Fidelity), aunque el resultado del año completo suele cerrar en positivo, en torno a un 4-5% de media según LPL Financial y Fidelity.
¿Qué pasa en bolsa en los doce meses después de unas elecciones de midterms?
Es el tramo más consistente de todo el ciclo presidencial. Según LPL Financial, el S&P 500 ha subido en los 18 periodos de doce meses posteriores a unas midterms desde 1954, con una media del 18,2%. Fidelity, con datos desde 1938, calcula que el mercado cerró en positivo el 95% de esas veces, con una media del 14%. El historial es muy sólido, pero ninguna de las dos firmas lo presenta como una garantía para la próxima vez.
¿Manipula la Reserva Federal los tipos de interés antes de unas elecciones?
No hay evidencia de que la Fed fabrique ciclos económicos a la carta en cada elección: la investigación académica muestra que, en general, sigue reaccionando a los datos. Lo que sí está documentado es que cualquier gobierno, de cualquier signo político, tiene un incentivo estructural para preferir una política monetaria cómoda antes de una votación, y que esa presión existe desde hace más de cincuenta años: el caso más citado es el de Richard Nixon presionando a Arthur Burns en 1971-72, muy anterior a la política estadounidense actual.
¿Cuánta deuda pública tiene Estados Unidos ahora mismo?
Según el Departamento del Tesoro (Debt to the Penny), la deuda pública total superaba los 40,1 billones de dólares a principios de septiembre de 2026, de los que unos 32,4 billones están en manos de inversores y gobiernos extranjeros. La Oficina de Presupuesto del Congreso calcula un déficit de 1,9 billones de dólares (5,8% del PIB) para el año fiscal 2026 y un gasto en intereses de un billón de dólares, el 3,3% del PIB, con tendencia a seguir subiendo.
¿Qué es la dominancia fiscal y por qué puede romper la tesis alcista del ciclo presidencial?
Es la situación en la que el tipo de interés a largo plazo (el bono a 10 años) no acompaña las bajadas de tipos de la Reserva Federal, o incluso sube, porque el mercado exige una prima extra por financiar una deuda pública cada vez mayor. Ya ocurrió entre septiembre y diciembre de 2024: la Fed bajó su tipo de referencia 100 puntos básicos y el bono a 10 años subió otros 100 en sentido contrario, algo que no había pasado en ninguna bajada de tipos anterior desde los años 80. Si algo parecido vuelve a pasar, buena parte del impulso que se espera del patrón de estacionalidad simplemente no llega.
¿Falló alguna vez el patrón de estacionalidad del año de midterms?
Sí, de forma clara en 2018. El S&P 500 subió cerca de un 9% en los primeros nueve meses siguiendo el guion habitual, pero la escalada de la guerra comercial con China y el temor a que la Fed siguiera subiendo tipos hundieron el índice más de un 9% solo en diciembre (el peor diciembre desde 1931), y el año cerró con una caída del 6,2%. Es la prueba de que el patrón describe una tendencia estadística, no una garantía.
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